Frutilú
Clásicos · 6 min de lectura · 2 a 6 años

Ricitos de Oro y los tres osos

Cuento popular inglés, publicado por Robert Southey en 1837.

Escucha el cuento: los dibujos van cambiando mientras se cuenta.

En una casita en medio del bosque vivían tres osos: Papá Oso, que era grandote; Mamá Osa, que era mediana; y Osito, que era pequeñito.

Una mañana, Mamá Osa preparó unas gachas de avena para desayunar. Pero estaban tan calientes que decidieron dar un paseo por el bosque mientras se enfriaban.

Por allí cerca pasaba una niña con el pelo lleno de rizos dorados. Todos la llamaban Ricitos de Oro. Vio la casita, vio la puerta abierta… y, como era muy curiosa, entró sin llamar.

En la mesa había tres tazones. Ricitos probó las gachas del tazón grande. —¡Uf, qué calientes! Probó las del tazón mediano. —¡Brrr, qué frías! Y luego probó las del tazón pequeñito. —Mmm… ¡están perfectas! Y se las comió todas.

Después quiso sentarse. Probó la silla grande. —¡Qué dura! Probó la silla mediana. —¡Qué blanda, me hundo! Y probó la sillita pequeña. —¡Esta es perfecta! Pero se movió tanto que, ¡crac!, la sillita se rompió.

Como estaba cansada, subió al piso de arriba, donde había tres camas. La grande era demasiado alta. La mediana era demasiado blandita. Y la camita pequeña… era perfecta. Ricitos se tumbó y se quedó dormida.

Al rato, los tres osos volvieron del paseo. Papá Oso miró su tazón y dijo con voz grave: —¡Alguien ha probado mis gachas! Mamá Osa dijo: —¡Alguien ha probado las mías! Y Osito, con voz chiquitita: —¡Alguien se ha comido las mías… y no ha dejado nada!

Luego miraron las sillas. —¡Alguien se ha sentado en mi silla! —dijo Papá Oso. —¡Y en la mía! —dijo Mamá Osa. —¡Y la mía la han roto! —lloriqueó Osito.

Subieron las escaleras, despacito, crac, crac, crac. —¡Alguien se ha tumbado en mi cama! —dijo Papá Oso. —¡Y en la mía! —dijo Mamá Osa. Y Osito gritó: —¡Y en la mía todavía hay alguien!

Ricitos se despertó, vio a los tres osos mirándola… y se llevó un susto tremendo. —¡Ay! ¡Perdón, perdón! —dijo, sentándose en la cama.

Los osos también estaban sorprendidos. Nunca habían visto una niña en su casa. Osito se acercó y le preguntó: —¿Por qué te has comido mis gachas y has roto mi silla?

Ricitos se puso colorada. —Tenía hambre y estaba cansada… pero no tenía que haber entrado sin permiso. Lo siento mucho, de verdad.

Mamá Osa sonrió. —Pedir perdón está muy bien. Y arreglar las cosas, todavía mejor.

Así que Ricitos ayudó a Papá Oso a arreglar la sillita con un poco de cola y unos clavos. Ayudó a Mamá Osa a preparar más gachas. Y esta vez, en lugar de comérselas a escondidas, se sentaron todos juntos a la mesa.

Desde ese día, Ricitos de Oro iba a visitar a los tres osos muy a menudo. Pero siempre, siempre, llamaba antes a la puerta: toc, toc. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Para hablar después
  • ¿Cómo estaban las gachas de cada tazón?
  • ¿Qué hizo Ricitos para arreglar lo que había roto?
  • ¿Qué hay que hacer antes de entrar en una casa que no es la nuestra?