Sandía y el charco gigante
Un cuento original de Frutilú.
Había llovido toda la mañana. Las gotas golpeaban la ventana, plic, plic, plic, y Sandía las miraba con la nariz pegada al cristal, esperando.
Cuando por fin dejó de llover y salió el sol, Sandía se puso su chubasquero amarillo, sus botas de agua verdes, y salió corriendo al jardín.
¡Allí estaba! El charco más grande que había visto nunca. Era tan grande que parecía un lago pequeñito, con su orilla de barro y todo.
—¿Será muy hondo? —se preguntó Sandía. Metió un pie, con mucho cuidado: plof. Metió el otro: plof, plof. El agua le llegaba justo por el tobillo. ¡Perfecto!
Sandía miró hacia abajo y se llevó una sorpresa. Dentro del charco se veía el cielo azul, las nubes blancas… y una sandía sonriente. ¡Era ella! Era su reflejo.
Sandía sacó la lengua, y el reflejo también sacó la lengua. Sandía guiñó un ojo, y el reflejo también guiñó un ojo. Sandía se rio, y el reflejo se rio con ella.
Entonces llegó Piña con un barquito de papel que había hecho con su abuela. —¿Lo probamos? —¡Sí!
Dejaron el barquito en el agua y soplaron fuerte: fuuuu. El barquito navegó despacito de un lado a otro del charco, esquivando una hoja que flotaba como si fuera una isla.
—¡Es un barco pirata! —dijo Sandía. —¡Y la hoja es la isla del tesoro! —dijo Piña.
Después llegó Kiwi, que no quería navegar: quería saltar. —¡Apartaos, que voy! ¡A la de una, a la de dos… y a la de tres!
¡SPLAAASH! Kiwi cayó en medio del charco y el agua salió volando por todas partes. Piña quedó con la corona chorreando. Sandía quedó con el chubasquero lleno de puntitos de barro. Y el barquito pirata se balanceó como si hubiera una tormenta.
En ese momento llegó Plátano, el último, con su gorra nueva. Vio a sus amigos empapados y puso cara de susto: —¡Ay, ay, ay! ¡Que mi gorra no se moje!
Pero una gota grande cayó de un árbol justo encima de su gorra: ¡plop! Plátano se quedó quieto… y luego soltó una carcajada tan grande que todos se rieron con él.
Pasaron la tarde saltando, navegando y buscando su reflejo en el charco. Descubrieron que si tirabas una piedrecita, el cielo del charco se arrugaba en círculos, uno, dos, tres, cada vez más grandes.
Cuando volvieron a casa, dejaron las botas en la puerta, en fila, llenas de barro y de risas. Y Sandía pensó que los días de lluvia, al final, eran los mejores.
- ¿Qué vio Sandía dentro del charco?
- ¿Qué pasaba cuando tiraban una piedrecita al agua?
- La próxima vez que llueva, buscad un charco y mirad qué se refleja dentro.






















