Frutilú
Clásicos · 7 min de lectura · 3 a 7 años

El patito feo

Cuento de Hans Christian Andersen, publicado en 1843.

Escucha el cuento: los dibujos van cambiando mientras se cuenta.

Era verano y, en la orilla de un estanque, mamá pata cuidaba de sus huevos. Un día se oyó: crac, crac, crac. Uno a uno, los huevos se abrieron y salieron unos patitos amarillos, suaves como algodón.

Pero quedaba un huevo, el más grande de todos. Tardó mucho, mucho en abrirse. Y cuando por fin se abrió, salió un patito distinto: era grande, gris, con las patas larguísimas y el cuello un poco torcido.

—¡Qué patito tan raro! —dijeron los demás animales de la granja—. ¡Qué feo es!

Sus hermanos no querían jugar con él. Las gallinas lo picoteaban. Y el pavo, cada vez que lo veía, hinchaba las plumas y le decía: —¡Fuera de aquí, patito feo!

El patito se ponía muy triste. Se miraba en el agua del estanque y pensaba: «¿Por qué no soy como los demás?». Hasta que un día, con el corazón encogido, decidió marcharse lejos.

Caminó y caminó. Llegó a un pantano donde vivían unos patos salvajes, pero tampoco quisieron que se quedara. Llegó a la casa de una anciana, que tenía un gato y una gallina, pero se reían de él porque no sabía ronronear ni poner huevos.

Llegó el otoño. Las hojas se pusieron rojas y amarillas, y el viento empezó a soplar frío. Una tarde, el patito vio pasar por el cielo unas aves preciosas, blancas como la nieve, con el cuello largo y elegante. Volaban hacia tierras más cálidas.

—¡Qué bonitas son! —suspiró el patito—. Ojalá yo fuera como ellas.

Luego llegó el invierno, y fue muy duro. El estanque se heló, y el patito tuvo que buscar refugio entre los juncos, solo y con frío. Pero aguantó, porque dentro de él había algo que le decía que no se rindiera.

Por fin, un día, el sol volvió a calentar. Los árboles se llenaron de flores, los pájaros cantaban y el agua del lago brillaba otra vez. ¡Había llegado la primavera!

El patito sintió que sus alas estaban más fuertes que nunca. Las movió, una, dos, tres veces… y, sin saber cómo, ¡echó a volar!

Voló hasta un lago enorme, y allí vio otra vez a aquellas aves blancas tan bonitas. Eran cisnes. El patito bajó la cabeza, pensando que también lo echarían.

Pero al bajar la cabeza, vio su reflejo en el agua. Y no se lo podía creer. Ya no era un patito gris y torpe. Tenía las plumas blancas, el cuello largo y elegante… ¡Era un cisne!

Los demás cisnes se acercaron nadando. —¡Bienvenido! —le dijeron, y le acariciaron con el pico—. Ven con nosotros.

Unos niños que paseaban por la orilla gritaron: —¡Mirad! ¡Ha llegado un cisne nuevo! ¡Es el más bonito de todos!

El cisne no se volvió presumido. Recordaba muy bien lo que era sentirse diferente. Por eso, desde aquel día, siempre era el primero en saludar a quien llegaba nuevo al lago. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Para hablar después
  • ¿Por qué se reían del patito los animales de la granja?
  • ¿En qué se convirtió el patito cuando llegó la primavera?
  • ¿Cómo podemos ayudar a alguien que se siente diferente?