La pelota roja de Plátano
Un cuento original de Frutilú.
Era sábado por la mañana y en el parque de Frutilú brillaba un sol enorme. Plátano llegó dando saltitos, porque llevaba algo nuevo bajo el brazo: una pelota roja, brillante como una fresa, que botaba muy, muy alto. ¡Boing, boing, boing!
—¡Mirad lo que me han regalado! —gritó Plátano, y la lanzó tan alto que casi tocó una nube.
Kiwi llegó rodando desde el tobogán, con los ojos como platos. —¡Qué pelota tan bonita! ¿Puedo jugar contigo?
Plátano la abrazó muy fuerte contra la barriga. —No. Es mía. Solo mía.
Kiwi bajó la cabeza. —Vale… —dijo bajito, y se fue a sentar en un banco.
Al rato llegó Piña, bailando como siempre. —¡Plátano, qué pelota más chula! ¿Jugamos a pasárnosla? —No —contestó Plátano—. Se puede estropear.
Y después llegó Sandía, que traía su cubo y su pala. —¿Hacemos un partido? Yo me pongo de portera. —No, no y no —dijo Plátano—. La pelota es mía.
Así que Plátano se quedó solo en medio del césped. Botó la pelota. Boing. La recogió. La volvió a botar. Boing. La recogió otra vez.
Al principio era divertido. Pero, poco a poco, el boing sonaba más flojito. Tirar la pelota y recogerla él solo… era un poco aburrido. Nadie aplaudía cuando la lanzaba alto. Nadie se reía cuando se le escapaba rodando.
Entonces Plátano oyó unas risas. Miró hacia el banco. Kiwi, Piña y Sandía estaban jugando a las palmas: «¡Choca aquí, choca allá, el que se ría perderá!». Y claro, se reían tanto que perdían todos a la vez.
Plátano miró su pelota. Luego miró a sus amigos. Y sintió una cosa rara en la barriga, como un pellizquito. No era hambre. Era que echaba de menos jugar con ellos.
Se acercó despacito, arrastrando los pies. —Esto… ¿Queréis jugar a la pelota conmigo?
Los tres se quedaron callados un momento. Y luego gritaron a la vez: —¡Síííí!
Hicieron un corro grande. Plátano se la pasó a Kiwi, Kiwi a Piña, Piña a Sandía, y Sandía otra vez a Plátano. Después probaron a pasarla con la cabeza, luego con los pies, y al final dando una palmada antes de cogerla.
Una vez, la pelota salió volando hasta un charco. ¡Chof! Quedó llena de barro. Plátano se asustó un poquito… pero Sandía la limpió con su cubo de agua, Kiwi la secó con su gorra, y la pelota volvió a brillar como nueva.
—¿Veis? —dijo Piña—. Entre todos la cuidamos mejor.
Aquella tarde, Plátano se rio más que nadie. Se rio tanto que se le cayó la gorra, y se rio también de eso.
Cuando el sol empezó a esconderse, Plátano abrazó su pelota y dijo algo que no se le olvidó nunca: —Una pelota sola, solo bota. Pero una pelota compartida… ¡vuela!
Y desde ese día, cada sábado, en el parque de Frutilú se oye lo mismo: boing, boing, boing… y muchas, muchas risas.
- ¿Por qué se aburría Plátano jugando solo?
- ¿Qué sintió Plátano en la barriga cuando vio reír a sus amigos?
- ¿Qué juguete te gusta compartir a ti? ¿Y cuál te cuesta más?






















