Frutilú
Clásicos · 7 min de lectura · 3 a 7 años

Los tres cerditos

Cuento popular inglés, recogido por Joseph Jacobs en 1890.

Escucha el cuento: los dibujos van cambiando mientras se cuenta.

¿Preparados para un cuento? Hoy os traigo uno que les encanta a Kiwi, a Piña, a Plátano y a Sandía: el cuento de los tres cerditos. ¡Allá vamos!

Había una vez, en un prado lleno de flores, tres cerditos hermanos. El pequeño se pasaba el día tocando la flauta. El mediano no paraba de bailar. Y el mayor, que era el más trabajador, siempre llevaba su caja de herramientas.

Un día, mamá cerdita les dijo: —Ya sois mayores. Ha llegado el momento de que cada uno construya su propia casa. Pero tened mucho cuidado con el lobo, que anda por el bosque.

El cerdito pequeño quería terminar rápido para seguir tocando la flauta. Juntó un montón de paja, la ató con un cordel y, en un ratito, ¡zas!, ya tenía su casa. —¡Qué fácil! —dijo—. ¡Ahora, a tocar!

El cerdito mediano tampoco quería trabajar mucho. Recogió unas ramas y unos palos del bosque, los clavó con cuatro martillazos, y enseguida tuvo su casa de madera. —¡Hala, a bailar!

Pero el cerdito mayor trabajó todo el día. Fue cargando ladrillos, uno a uno, los pegó con cemento, puso una puerta muy fuerte y hasta una chimenea. Sus hermanos se reían: —¡Qué aburrido eres! ¡Ven a jugar! Y él contestaba: —Primero, el trabajo. Luego, el juego.

Esa misma tarde, entre los árboles, apareció el lobo. Tenía el pelo gris, unas orejas muy puntiagudas y una barriga que hacía grrr, grrr, porque tenía muchísima hambre.

Llamó a la casa de paja: toc, toc. —¡Cerdito, cerdito, déjame entrar! —¡Ni hablar! —contestó el pequeño. —Pues soplaré, y soplaré, ¡y tu casa derribaré! El lobo cogió aire, mucho aire, y sopló: ¡fuuuu! Y la casa de paja salió volando por los aires.

El cerdito pequeño corrió y corrió hasta la casa de madera de su hermano. ¡Pum! Cerraron la puerta justo a tiempo.

Pero el lobo llegó enseguida. —¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar! —¡Ni hablar! —Pues soplaré, y soplaré, ¡y vuestra casa derribaré! Sopló con todas sus fuerzas. Los palos crujieron, cric, crac, y la casa de madera se vino abajo.

Los dos cerditos salieron corriendo, con las patitas temblando, hasta la casa de ladrillo de su hermano mayor. —¡Rápido, entrad! —les dijo—. Aquí estaremos a salvo.

El lobo llegó resoplando. —¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar! —¡Ni hablar! —contestaron los tres a la vez. El lobo sopló. Y sopló. Y volvió a soplar. Se puso rojo, luego morado, pero la casa de ladrillo no se movió ni un poquito.

Entonces el lobo tuvo una idea: —¡Entraré por la chimenea! Subió al tejado muy despacito. Pero el cerdito mayor lo había oído, y había puesto en el fuego una olla grande de agua bien calentita.

El lobo se deslizó por la chimenea y, ¡chof!, cayó dentro de la olla. —¡Ay, ay, ay, que me quemo! —gritó. Salió disparado por la chimenea, como un cohete, y corrió hacia el bosque tan rápido que nunca, nunca más volvió por allí.

Los tres cerditos se abrazaron muy fuerte. Los dos pequeños miraron las paredes de ladrillo y dijeron: —Hermano, perdona por reírnos de ti. Tenías razón: las cosas bien hechas merecen la pena.

Desde ese día, los tres construyeron juntos sus casas de ladrillo, una al lado de la otra. Y cuando terminaban el trabajo, ¡tocaban la flauta y bailaban todos juntos! Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Para hablar después
  • ¿De qué hizo su casa cada cerdito?
  • ¿Por qué no pudo el lobo tirar la casa de ladrillo?
  • Si tú construyeras una casa, ¿de qué la harías?