La liebre y la tortuga
Fábula de Esopo, de la antigua Grecia.
















En un prado verde, junto al río, vivía una liebre muy rápida. Tan rápida, que cuando corría solo se veía una nube de polvo. Y también era un poco fanfarrona.
—¡Soy la más rápida del bosque! —decía cada mañana—. ¡Nadie puede ganarme!
Un día vio pasar a la tortuga, que iba despacito, paso a paso, con su casa a cuestas. La liebre se echó a reír: —¡Ja, ja, ja! ¡Pero qué lenta eres, tortuga! ¡Llegarías antes a los sitios si te quedaras en casa!
La tortuga la miró muy tranquila. —Puede que sea lenta —dijo—. Pero apuesto a que te gano una carrera.
Todos los animales que estaban allí se quedaron con la boca abierta. ¿Una carrera entre la liebre y la tortuga? ¡Eso había que verlo!
Prepararon la salida junto al río, y la meta en lo alto de la colina, al lado del roble grande. El búho, que era el más sabio, hizo de juez. —Preparadas… listas… ¡ya!
¡Fiuuu! La liebre salió disparada y, en un momento, ya iba muy lejos. La tortuga, en cambio, empezó a caminar: paso, paso, paso. Sin parar. Sin correr. Pero sin parar.
Cuando la liebre llegó a mitad del camino, miró hacia atrás. La tortuga era solo un puntito diminuto. —¡Bah! Tengo tiempo de sobra —pensó—. Me echaré una siestecita debajo de este árbol.
Se tumbó a la sombra, cerró los ojos y empezó a roncar: zzz, zzz, zzz.
Mientras tanto, la tortuga seguía: paso, paso, paso. Pasó junto al río. Paso, paso, paso. Subió la cuesta. Paso, paso, paso. Y pasó, muy despacito, al lado de la liebre dormida.
Los animales empezaron a animarla: —¡Vamos, tortuga! ¡Tú puedes! La tortuga siguió, sin prisa pero sin pausa, hasta que vio el roble grande de la colina.
Con tanto alboroto, la liebre se despertó. Se frotó los ojos, miró hacia la meta… y vio a la tortuga a punto de llegar. —¡No puede ser!
La liebre corrió más rápido que nunca. ¡Fiuuuuu! Pero ya era tarde. La tortuga cruzó la meta un segundo antes, y todos los animales aplaudieron y saltaron de alegría.
La liebre llegó resoplando, muy colorada. —Te he subestimado, tortuga. Lo siento por haberme reído de ti.
La tortuga sonrió. —No pasa nada. A veces, lo importante no es ir más rápido, sino no rendirse nunca. ¿Echamos otra carrera? Pero esta vez, sin siesta.
Y las dos se rieron juntas. Desde ese día fueron muy amigas, y la liebre nunca más se burló de nadie por ser diferente. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
- ¿Por qué perdió la carrera la liebre?
- ¿Qué hizo la tortuga para ganar?
- ¿Hay algo que te cueste mucho pero que sigues intentando?






















