El ratoncito Pérez
Cuento del padre Luis Coloma, escrito en Madrid en 1894.















En una gran ciudad, dentro de una caja de galletas escondida en una pastelería, vivía un ratoncito muy elegante. Llevaba sombrero de paja, unas gafas doradas y una mochila muy pequeñita. Se llamaba Pérez.
El ratoncito Pérez tenía un trabajo muy especial: cada vez que a un niño o a una niña se le caía un diente de leche, él iba a buscarlo por la noche y le dejaba un regalito a cambio.
Aquella tarde, a una niña llamada Lucía se le movía un diente de abajo. Se movía tanto que parecía que bailaba. Lo tocaba con la lengua, adelante y atrás, adelante y atrás… hasta que, mordiendo una manzana, ¡plop!, el diente se cayó.
—¡Mamá, mamá! ¡Se me ha caído el diente! —gritó Lucía, muy emocionada, enseñando la ventanita que le había quedado en la sonrisa.
Su mamá le dio una cajita pequeña. Lucía metió dentro el diente, lo puso debajo de la almohada y se fue a dormir muy pronto, porque sabía que el ratoncito Pérez solo viene cuando los niños están dormidos.
Esa noche, cuando todo estaba en silencio, el ratoncito Pérez salió de su caja de galletas. Se ajustó el sombrero, se colgó la mochila y empezó su viaje por la ciudad.
Corrió por los tejados, tip, tap, tip, tap. Bajó por una cañería, ¡fiuuu!, como si fuera un tobogán. Esquivó a un gato que dormía en una ventana y, por fin, llegó a casa de Lucía, entrando por una rendija muy estrecha.
Subió despacito a la cama, se metió debajo de la almohada y encontró la cajita. La abrió y sacó el diente. Lo miró con sus gafas doradas. —¡Qué diente tan blanco y tan limpio! —susurró—. Se nota que esta niña se lava los dientes todos los días.
Guardó el diente en la mochila y dejó en la cajita una moneda brillante y una notita escrita con letra muy chiquitita: «Gracias por tu diente. Sigue cuidando tu sonrisa. Firmado: R. Pérez».
Antes de irse, el ratoncito miró a Lucía, que dormía sonriendo. —Buenas noches, Lucía —dijo en voz muy bajita. Y se marchó por donde había venido.
Cuando volvió a su casa, el ratoncito Pérez abrió una puerta secreta. Allí guardaba todos los dientes que recogía. Con ellos estaba construyendo un castillo blanco y brillante, con torres, ventanas y un puente levadizo.
Puso el diente de Lucía en lo alto de una de las torres. —Perfecto —dijo, muy satisfecho—. Con los dientes más limpios se hacen los castillos más bonitos.
A la mañana siguiente, Lucía se despertó y metió la mano debajo de la almohada. ¡La cajita! La abrió y encontró la moneda y la notita. —¡Ha venido! ¡Ha venido el ratoncito Pérez!
Lucía corrió a lavarse los dientes, arriba y abajo, por delante y por detrás. Porque ahora sabía que sus dientes, algún día, también estarían en lo alto de un castillo.
Y dicen que, si te asomas a la ventana una noche de luna, a lo mejor ves un sombrerito de paja corriendo por los tejados, tip, tap, tip, tap. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
- ¿Dónde vivía el ratoncito Pérez?
- ¿Qué hace el ratoncito Pérez con los dientes?
- ¿Se te ha caído algún diente? ¿Qué te dejó el ratoncito?






















